2/09/2010

La primera copa de vino

Imaginate ser yo; un mortal. Me encuentro entre muros, con olas de un océano desconocido subiendo mi marea, llenandome de ira. -Hoy hay luna llena-.

Deseo volar, visitarte y refundir el agua salada con nuestro sudor, permitiendo de este modo, a los niños de mi infancia, nadar en el vivo calor de nuestro amor y no obligarlos sin opción alguna a atragantarse con la muerta superioridad de un dios como Poseidon.

Imaginate ser yo; un mortal. Siempre viviendo con miedo, atemorizado por el castigo de mi deidad.

Esta misma (hace pocos días (nadie lo sabe (ni siquiera tu))) me regaló, -obviamente bajo advertencia-, esa juventud que irresponsablemente una madrugada de locos y vino ignore.

¿Pero como volvió a mi ese tesoro que deseche por vergüenza? -Fácil-, Dios simplemente dejo a la vista el haz que se encuentra entre sus dedos y mi ombligo con el objetivo de iluminar su camino hacia el hogar de un amigo en común: Satán.

Después de chachariar entre fuego y aire, mis dos buenos amigos divinos llegaron a un acuerdo con ayuda de mi destino y mi debilidad: El pecado.

Unos días después (hoy) ya se había solucionado todo, pero, ¿recuerdas mi mortalidad? -Espero que si-, pues eh hay la cuna de mis problemas.

Ahora corre la sangre, pero no todo es felicidad. Debido a mis errores sigo preso, y ahora mi sentencia es la amistad con 7 capitales, que -clandestinamente- suponen pagar el favor.

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